Para mi esta acuarela es una
ensoñación irrepetible. Recuerdo, mientras pintaba, haber
imaginado (e incluso creido escuchar) a un caballero medieval a lomos
de su caballo, y a sus escuderos y sirvientes apareciendo tras las
rocas del fondo en busca de un lugar donde descansar.
Una sensación de inocente euforia se
apoderó de mi una vez concluida esta acuarela. Como un presagio
de una progresión. Tenía que ser la primera
instantánea de una secuencia que acabé postergando hasta
olvidar.
1997. Un año fructífero, no obstante
lo dicho, el posterior al fallecimiento de mi padre.